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Lo que guardas en la mandíbula

Esta mañana me desperté con la cara apretada. Sin motivo aparente. Sin haber hecho nada todavía. El día ni había empezado y ya notaba esa tensión en la mandíbula por estrés que conoces bien, la que aparece sin avisar y que llevas tan normalizada que ya ni la llamas tensión, la llamas yo.

La mandíbula es así. Trabaja de noche. Recoge lo que el día dejó sin resolver y lo aprieta en silencio, mientras duermes, mientras finges que estás bien, mientras sonríes cuando en realidad querías decir otra cosa.

«Tensión en la mandíbula: lo que siente el cuerpo».

Esa presión sorda al despertar, justo donde la mandíbula se cierra. El dolor que sube hacia la sien y que llevas tan normalizado que ya ni lo llamas dolor, lo llamas yo. Un cansancio en la cara que no tiene que ver con haber dormido poco.

La tensión en la mandíbula por estrés no avisa. Se instala despacio, visita a visita, silencio a silencio, hasta que un día aprietas sin darte cuenta y ya no recuerdas cómo era no hacerlo.

El bruxismo, que es como la medicina llama a este apretar inconsciente, afecta a una de cada tres personas y en la mayoría de los casos tiene origen emocional. Leer más sobre el bruxismo

El símbolo

La mandíbula es el último cierre del cuerpo.

Después de los hombros, del pecho, del estómago… si nada pudo soltarse antes, llega aquí. Se queda aquí. Se convierte en músculo tenso, en muela rota, en un no que nunca salió.

Hay algo muy viejo en esto. La boca es el lugar donde la voz nace o muere. Todo lo que no has dicho tiene que ir a algún sitio. Y el cuerpo, fiel como siempre, hace hueco.

No te culpa. Solo guarda.

Si reconoces este patrón, quizás también te resuene lo que guardas en el estómago.

El gesto

Siéntate. Cierra los ojos.

Pon dos dedos sobre esa zona que se endurece justo delante de las orejas, donde la mandíbula se cierra. Aprieta suave para sentirla. Luego suelta, y al mismo tiempo deja caer la mandíbula por su propio peso. Sin forzar. Solo ceder.

Inhala. Al exhalar, abre la boca muy despacio, como si el aire necesitara salir por ahí también.

Tres veces.

Después, si quieres, escribe esto: ¿qué palabra llevo apretada hoy?

No hace falta responderla en voz alta. Solo nombrarla ya es algo.

El cuerpo no guarda por terquedad. Guarda porque en algún momento no había dónde soltar. Porque decir lo que sentías costaba demasiado. Porque aprender a contener fue, durante mucho tiempo, lo más sensato que podías hacer.

Pero ya no tienes que ser tan sensata.

La serie termina la semana que viene. La última entrada no es un lugar del cuerpo. Es una escucha distinta, la que viene cuando por fin paras.

Si quieres explorar la tensión en la mandíbula y lo que el cuerpo guarda con más espacio y más calma, las clases semanales de Inneris son ese lugar. Encuéntralas en inneris.es.

Con cariño,

Itzíar

 

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